La tarea más difícil para los hombres grises fue guiar,
según sus planes, a los niños amigos de Momo. Después de que
Momo hubo desaparecido, los niños se reunían, siempre que
les era posible, en el viejo anfiteatro. Habían inventado
cada vez juegos nuevos, y un par de cajas viejas les
bastaban para emprender largos viajes de exploración o
construir castillos y fortalezas. Habían seguido trazando
sus planes y contándose sus cuentos; en resumen, habían
hecho como si Momo estuviera todavía con ellos.
Y,
sorprendentemente, había resultado que parecía que en verdad
estuviera con ellos.
Los niños, además, no habían dudado ni por un momento de que
Momo volvería. Si bien nunca se había hablado de ello,
tampoco era necesario. La callada certidumbre unía a los
niños entre sí. Momo les pertenecía y era su centro secreto,
estuviera allí o no.
Contra ésos no habían podido los hombres grises.
Si no podían hacerse con los niños directamente, para
apartarlos de Momo, tendrían que hacerlo a través de un
rodeo. Y ese rodeo eran los adultos, que mandaban sobre los
niños. No todos los adultos, claro está, sino aquellos que
servían como auxiliares de los hombres grises que, por
desgracia, no eran pocos. Además, los hombres grises usaron
contra los niños sus propias armas.
Porque, de repente, algunos se acordaron de las
manifestaciones, de las pancartas y los letreros de los
niños.
—Tenemos que emprender alguna cosa —se decía—, porque no
puede ser que haya cada vez más niños que estén solos, sin
que nadie se ocupe de ellos. No se les puede hacer ningún
reproche a los padres, porque la vida moderna no les deja
tiempo para cuidar suficientemente a sus hijos. Pero el
ayuntamiento debería ocuparse de ello.
—No puede ser —decían otros— que se ponga en peligro la
fluidez del tráfico por culpa de niños vagabundos. El
aumento de accidentes causados por los niños en las calles
cuesta cada vez más dinero que se podría emplear mejor en
otros usos.
—Los niños sin vigilancia —explicaban otros— se estropean
moralmente y se convierten en delincuentes. El ayuntamiento
ha de cuidar de que se registre a todos los niños. Hay que
construir instalaciones donde se les eduque para que sean
miembros útiles y eficientes de la sociedad.
Otros decían:
—Los niños son el material humano del futuro. El futuro será
una época de máquinas a reacción y cerebros electrónicos. Se
necesitará un ejército de especialistas y técnicos para
manejar todas esas máquinas. Pero en lugar de preparar a
nuestros hijos para ese mundo de mañana permitimos todavía
que muchos de ellos pierdan gran parte de su precioso tiempo
en juegos inútiles. Es una vergüenza para nuestra
civilización y un crimen ante la humanidad futura.
Todo eso les resultaba enormemente convincente a los
ahorradores de tiempo. Y como ya había muchos ahorradores de
tiempo en la gran ciudad, pronto consiguieron convencer al
ayuntamiento de la necesidad de hacer algo por todos esos
niños descuidados.
Como consecuencia, en todos los barrios se construyeron los
llamados “depósitos de niños”. Se trataba de grandes
edificios en los que había que entregar, y recoger, si era
posible, a todos los niños de los que nadie se podía ocupar.
Se prohibió severamente que los niños jugaran por las
calles, en los parques o en cualquier otro lugar. Si se
encontraba a algún niño en esos lugares, siempre había
alguien que los llevaba al depósito de niños más cercano. Y
a los padres se les castigaba con una buena multa.
Tampoco los amigos de Momo escaparon a esa nueva normativa.
Fueron separados, según el barrio del que provenían, y los
metieron en depósitos de niños diversos. Se acabó lo de
inventarse ellos mismos sus juegos. Los vigilantes
prescribían los juegos, que sólo eran de aquellos con los
que también aprendían alguna cosa útil. Mientras tanto
olvidaron otra cosa, claro está: la capacidad de alegrarse,
de entusiasmarse y de soñar.
Con el tiempo, los niños tuvieron la misma cara que los
ahorradores de tiempo. Desencantados, aburridos y hostiles,
hacían lo que se les exigía. Y si alguna vez los dejaban que
se entretuvieran solos, ya no se les ocurría nada.
Lo único que todavía sabían hacer era meter ruido, pero ya
no era un ruido alegre, sino enfadado e iracundo.
Los hombres grises no se acercaron a ninguno de los niños.
La red que se había tendido sobre la ciudad era densa y —
según parecía— indestructible. Ni siquiera los niños más
listos supieron escapar de sus mallas. Se había cumplido el
plan de los hombres grises.
Desde entonces, el anfiteatro había quedado triste y solo.
Momo.
Michael Ende
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