Es tanta la profundidad en la que cala la forma en que nos han
enseñado a aprender, la forma en que nos han tratado de pequeños cuando hemos
adquirido conocimientos, que luego la trasladamos en nuestro trato a los niños
sin darnos cuenta (incluso por mucho que nos lo señalen) de que lo hacemos
incluso en contra de nuestras intenciones, y no somos capaces de verlo tal como
es para los niños a los que lo aplicamos.
Imaginemos una escena cotidiana. La mujer le pregunta a su
pareja si ha leído el escándalo que ha saltado hoy a los medios sobre el
político Fulanitez. Dejando la cuchara descansar en el plato, su pareja le
responde que sí, que es alucinante y que quién lo hubiera dicho. La mujer le
pregunta, ¿pero qué es lo que has leído?, su pareja se lo explica
resumidamente, dando muestras sobradas de conocer la noticia y, pese a eso, la
mujer le sigue diciendo: “pues mira, para que aprendas, te lo voy a explicar”.
Es posible que hayáis sentido sorpresa. Si os ponéis en la piel
de su pareja, ¿tal vez habéis sentido la incomprensión de la mujer? ¿Parece que
esté sorda, que no se entere? ¿Por qué quiere explicarte lo que le has dicho y
demostrado que ya sabes? Según cómo seáis de inseguros, es posible que penséis
que tal vez os tiene por tontos. Sí, seguro que es eso, os tiene por tontos,
por incapaces de comprender una noticia pese a haberla leído y explicado
posteriormente.
Lo mismo hacemos con los niños sin darnos cuenta. Nos han
premiado tanto el responder a un examen que saltamos a la mínima en actitud de
enseñanza, de exposición y sobre-exposición de lo que sabemos, dando igual si
el niño ya lo sabe o incluso si ya nos ha demostrado que lo sabe. Desde aquí
nos puede parecer imposible que repitamos ese sin sentido. Sin embargo, lo
hacemos. Los adultos preguntan a un niño, muchas veces el niño responde, y tanto si da la respuesta acertada como si
no la da, el adulto suele explicarle lo que sea que entienda que tiene que
explicarle a ese niño, que en la mayoría de los casos ni ha preguntado ese
contenido ni ningún otro. Y además esa explicación suele ir precedida de un
“ven que te enseño” o un “para que aprendas”, o ambas ideas a la vez. Nos
tendríamos que plantear qué sentiríamos si alguien nos tratase así como
adultos, quizá nos sentiríamos tratados de tontos, de incultos o de inferiores
respecto al que nos trata así, en algunos casos nos sentiríamos hasta
infantilizados. Los niños no son diferentes, y se sienten igual en esos casos.
Ni son tontos, ni incultos (para su edad) ni inferiores. Algunos podemos
reconocer ese sentimiento cuando recordamos nuestra niñez y cómo nos trataban
los adultos. Pero solemos reproducirlo sin ser conscientes de que estamos
repitiendo algo que no nos hacía sentir precisamente bien, sino todo lo
contrario.
Y yendo más allá aún, se produce otro sin sentido tan o más a
menudo que el anterior. El niño pregunta, una cosa muy concreta casi siempre, y
el adulto empieza a darle una explicación sin caer en que las palabras que
emplea para dar la explicación no las conoce el niño. O son palabras muy
técnicas o muy cultas, o propias de un contexto que el niño no conoce en
absoluto. Para el adulto resulta muy evidente que está dando su mejor
explicación al niño, pero el niño no
está comprendiendo nada, una palabra tras otra están fuera de su alcance de
comprensión. Y es porque el adulto está dando su mejor explicación para un
adulto, inconscientemente. Si al adulto se le señala que la explicación
contiene en su mayoría palabras que el niño no conoce ni comprende, se produce
el típico rebote, el enfado. El adulto se enfada porque en realidad es un niño
grande que está respondiendo como un niño que quiso, y al que le inculcó,
satisfacer esa necesidad de impresionar a los adultos para ser querido, para
ser aceptado.
Luego, él mismo de adulto, sigue con esa necesidad y forma de
responder porque no le han enseñado ni ha aprendido otra, y es cuando responde
no con la explicación simple y clara que pueda entender el niño según la edad
que tenga, sino que responde con la mejor explicación que es capaz de responder
a su edad actual (la del adulto) a otro adulto. El colmo es cuando en medio de
este enredo, el niño logra identificar una palabra que sí conoce y comprende,
se lo hace saber al adulto, y el adulto entonces toma una bifurcación del
camino para dar su mejor explicación en profundidad de lo que significa esa
palabra que conoce el niño (de esa palabra o de otras relacionadas con ella),
sin llegar al final a explicar lo único que el niño quería saber. Es como si
cada uno, el adulto y el niño, anduviesen en una dirección diferente. El niño
quiere saber algo concreto y pregunta: “¿Qué es HDMI?” (palabra que acaba de
escucharle al adulto), el adulto sin embargo camina por otro camino, el que se
ha activado tras sentir que tiene que dar su mejor respuesta (a un adulto, pues
es desde dónde está acostumbrado a que le juzguen), pues son adultos lo que le han
examinado continuamente durante su niñez, y no puede pensar en explicarse en un
lenguaje acorde con la edad del niño, acabando por contestar a un niño de 5
años: “es un sistema de reproducción de vídeo y audio, cifrado…”, dónde ese
niño, como mucho, entiende la palabra vídeo.
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