Acabo de leer un artículo escrito por Anna Dragow con el que no puedo estar más de acuerdo. Nuestros hijos son tratados como personas con menos derechos que los adultos, pero sobre todo sin derecho a decidir sobre su vida, su tiempo libre, muchas veces sin derecho al cariño y atención que necesitan, al respeto que merecen:
“Estamos tan acostumbrados a vivir con experiencias
prestadas, investigaciones de otros y puntos de vista ajenos, que hemos perdido
la confianza en nosotros mismos y no deseamos seguir creyendo en la realidad
que ofrecen nuestros propios ojos.” (Janusz Korczak)
Fuente: http://aprendizajevitalcompartido.pbworks.com/w/page/57986652/la%20familia
Seguramente a estas alturas ya
no os sorprenda que no me ponga del lado de los padres, porque este
enfrentamiento padres-estado es falso. Está el poder, la autoridad, el
patriarcado en forma de hombres y mujeres y todos juntos apoyándose mutuamente
dominan, doblegan y destruyen la vida que aún conservan los niños.
Yo voy a ponerme del lado de los niños y ver con sus ojos
como desde el primer momento se les niega sus derechos básicos a ser
simplemente amados, complacidos y respetados.
Y los padres sumergidos en las aguas sucias y
desconectados de si mismos, acuden a las escuelas de padres para aprender
como domar a sus hijos y cómo hacerlo con la sonrisa en los labios, hartos de
aguantar llantos y protestas que hacen de su vida un infierno. Allí nos enseñan
trucos y métodos y nos dicen que nuestros hijos son como la plastilina: antes
de que endurezca puedes moldearla a tu antojo.
Nos entregamos a la esclavitud del método, nos
venden la receta, y nos olvidamos del simple respeto, de la complacencia, de que
no somos nadie para imponerles nada.
Y entonces somos capaces, que de otro modo sería
imposible, de usar su curiosidad y todas las capacidades del niño para nuestros
propios planes.
Sobre los "listos" nos dicen que son yacimientos
de materia gris que hay que aprovechar antes de que se pudra, sobre "los
tontos" que son inútiles como si se midiera a los seres humanos por su
utilidad. Y nos cuentan el cuento de la cultura del esfuerzo que esclaviza a
los niños como si hacer las cosas con esfuerzo fuera mejor que gozar de ellas
sin que nos cueste.
Ya es hora de decir bien alto que no se puede tratar a los
hijos como objetos, ni como medios para cumplir nuestros sueños y nuestros
deseos.
“Educar es romper físicamente la fantástica máquina de desear y gozar que es un niño.” Y los primeros que se lanzan a romperla son los propios padres y madres, tan patriarcales que ni se lo plantean.
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