sábado, 28 de febrero de 2015

Ven, que te enseño

Es tanta la profundidad en la que cala la forma en que nos han enseñado a aprender, la forma en que nos han tratado de pequeños cuando hemos adquirido conocimientos, que luego la trasladamos en nuestro trato a los niños sin darnos cuenta (incluso por mucho que nos lo señalen) de que lo hacemos incluso en contra de nuestras intenciones, y no somos capaces de verlo tal como es para los niños a los que lo aplicamos.

Imaginemos una escena cotidiana. La mujer le pregunta a su pareja si ha leído el escándalo que ha saltado hoy a los medios sobre el político Fulanitez. Dejando la cuchara descansar en el plato, su pareja le responde que sí, que es alucinante y que quién lo hubiera dicho. La mujer le pregunta, ¿pero qué es lo que has leído?, su pareja se lo explica resumidamente, dando muestras sobradas de conocer la noticia y, pese a eso, la mujer le sigue diciendo: “pues mira, para que aprendas, te lo voy a explicar”.

Es posible que hayáis sentido sorpresa. Si os ponéis en la piel de su pareja, ¿tal vez habéis sentido la incomprensión de la mujer? ¿Parece que esté sorda, que no se entere? ¿Por qué quiere explicarte lo que le has dicho y demostrado que ya sabes? Según cómo seáis de inseguros, es posible que penséis que tal vez os tiene por tontos. Sí, seguro que es eso, os tiene por tontos, por incapaces de comprender una noticia pese a haberla leído y explicado posteriormente.

Lo mismo hacemos con los niños sin darnos cuenta. Nos han premiado tanto el responder a un examen que saltamos a la mínima en actitud de enseñanza, de exposición y sobre-exposición de lo que sabemos, dando igual si el niño ya lo sabe o incluso si ya nos ha demostrado que lo sabe. Desde aquí nos puede parecer imposible que repitamos ese sin sentido. Sin embargo, lo hacemos. Los adultos preguntan a un niño, muchas veces el niño responde, y tanto si da la respuesta acertada como si no la da, el adulto suele explicarle lo que sea que entienda que tiene que explicarle a ese niño, que en la mayoría de los casos ni ha preguntado ese contenido ni ningún otro. Y además esa explicación suele ir precedida de un “ven que te enseño” o un “para que aprendas”, o ambas ideas a la vez. Nos tendríamos que plantear qué sentiríamos si alguien nos tratase así como adultos, quizá nos sentiríamos tratados de tontos, de incultos o de inferiores respecto al que nos trata así, en algunos casos nos sentiríamos hasta infantilizados. Los niños no son diferentes, y se sienten igual en esos casos. Ni son tontos, ni incultos (para su edad) ni inferiores. Algunos podemos reconocer ese sentimiento cuando recordamos nuestra niñez y cómo nos trataban los adultos. Pero solemos reproducirlo sin ser conscientes de que estamos repitiendo algo que no nos hacía sentir precisamente bien, sino todo lo contrario.

Y yendo más allá aún, se produce otro sin sentido tan o más a menudo que el anterior. El niño pregunta, una cosa muy concreta casi siempre, y el adulto empieza a darle una explicación sin caer en que las palabras que emplea para dar la explicación no las conoce el niño. O son palabras muy técnicas o muy cultas, o propias de un contexto que el niño no conoce en absoluto. Para el adulto resulta muy evidente que está dando su mejor explicación al niño,  pero el niño no está comprendiendo nada, una palabra tras otra están fuera de su alcance de comprensión. Y es porque el adulto está dando su mejor explicación para un adulto, inconscientemente. Si al adulto se le señala que la explicación contiene en su mayoría palabras que el niño no conoce ni comprende, se produce el típico rebote, el enfado. El adulto se enfada porque en realidad es un niño grande que está respondiendo como un niño que quiso, y al que le inculcó, satisfacer esa necesidad de impresionar a los adultos para ser querido, para ser aceptado.


Luego, él mismo de adulto, sigue con esa necesidad y forma de responder porque no le han enseñado ni ha aprendido otra, y es cuando responde no con la explicación simple y clara que pueda entender el niño según la edad que tenga, sino que responde con la mejor explicación que es capaz de responder a su edad actual (la del adulto) a otro adulto. El colmo es cuando en medio de este enredo, el niño logra identificar una palabra que sí conoce y comprende, se lo hace saber al adulto, y el adulto entonces toma una bifurcación del camino para dar su mejor explicación en profundidad de lo que significa esa palabra que conoce el niño (de esa palabra o de otras relacionadas con ella), sin llegar al final a explicar lo único que el niño quería saber. Es como si cada uno, el adulto y el niño, anduviesen en una dirección diferente. El niño quiere saber algo concreto y pregunta: “¿Qué es HDMI?” (palabra que acaba de escucharle al adulto), el adulto sin embargo camina por otro camino, el que se ha activado tras sentir que tiene que dar su mejor respuesta (a un adulto, pues es desde dónde está acostumbrado a que le juzguen), pues son adultos lo que le han examinado continuamente durante su niñez, y no puede pensar en explicarse en un lenguaje acorde con la edad del niño, acabando por contestar a un niño de 5 años: “es un sistema de reproducción de vídeo y audio, cifrado…”, dónde ese niño, como mucho, entiende la palabra vídeo. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Todos los derechos que les negamos a los niños

Acabo de leer un artículo escrito por Anna Dragow con el que no puedo estar más de acuerdo. Nuestros hijos son tratados como personas con menos derechos que los adultos, pero sobre todo sin derecho a decidir sobre su vida, su tiempo libre, muchas veces sin derecho al cariño y atención que necesitan, al respeto que merecen:

“Estamos tan acostumbrados a vivir con experiencias prestadas, investigaciones de otros y puntos de vista ajenos, que hemos perdido la confianza en nosotros mismos y no deseamos seguir creyendo en la realidad que ofrecen nuestros propios ojos.” (Janusz Korczak)


Seguramente a estas alturas ya no os sorprenda que no me ponga del lado de los padres, porque este enfrentamiento padres-estado es falso. Está el poder, la autoridad, el patriarcado en forma de hombres y mujeres y todos juntos apoyándose mutuamente dominan, doblegan y destruyen la vida que aún conservan los niños. 

Yo voy a ponerme del lado de los niños y ver con sus ojos como desde el primer momento se les niega sus derechos básicos a ser simplemente amados, complacidos y respetados.
Y los padres sumergidos en las aguas sucias  y desconectados de si mismos,  acuden a las escuelas de padres para aprender como domar a sus hijos y cómo hacerlo con la sonrisa en los labios, hartos de aguantar llantos y protestas que hacen de su vida un infierno. Allí nos enseñan trucos y métodos y nos dicen que nuestros hijos son como la plastilina: antes de que endurezca puedes moldearla a tu antojo.
Nos entregamos a la esclavitud del método,  nos venden la receta, y nos olvidamos del simple respeto, de la complacencia, de que no somos nadie para imponerles nada.
Y entonces somos capaces, que de otro modo sería imposible, de usar su curiosidad y todas las capacidades del niño para nuestros propios planes.

Sobre los "listos" nos dicen que son yacimientos de materia gris que hay que aprovechar antes de que se pudra, sobre "los tontos" que son inútiles como si se midiera a los seres humanos por su utilidad. Y nos cuentan el cuento de la cultura del esfuerzo que esclaviza a los niños como si hacer las cosas con esfuerzo fuera mejor que gozar de ellas sin que nos cueste. 

Ya es hora de decir bien alto que no se puede tratar a los hijos como objetos, ni como medios para cumplir nuestros sueños y nuestros deseos.

“Educar es romper físicamente la fantástica máquina de desear y gozar que es un niño.” Y los primeros que se lanzan a romperla son los propios padres y madres, tan patriarcales que ni se lo plantean.

Fuente: http://aprendizajevitalcompartido.pbworks.com/w/page/57986652/la%20familia

sábado, 27 de septiembre de 2014

El objeto de la educación


Tippi Degré





Cuando vuelvo a ver las fotos de esta niña, sé que ella ha sentido la verdadera felicidad de vivir. Lo contrasto con la idea socialmente aceptada de que los niños, incluso de un año, necesitan socializarse yendo a un edificio cerrado cada día durante muchas horas para estar con otros niños de su edad y me dan ganas de gritar. Creo que por eso se me escapan las lágrimas cada vez que se cruza Tippi en mi camino: por todo lo que no tenemos, por todo lo que nos roban, por todo lo que les robamos a nuestros hijos.


martes, 17 de septiembre de 2013

Escolarización obligatoria y Derecho a la educación

Cada nuevo curso escolar escucho y leo cómo muchas madres ven sufrir a sus hijos en la vuelta al colegio. Otras les aconsejan que no se preocupen, que se acabarán adaptando, que se acostumbrarán, pero no siempre es así, o no sin consecuencias negativas.  Existen muchas familias que económicamente no pueden hacerlo de otra forma para sobrevivir. Pero otras muchas pueden cuidar y educar a sus hijos y quieren hacerlo, así como el hijo quedarse con su familia y no tener que asistir obligatoriamente al colegio a los 6 años y durante diez años más. Algunos niños sufren un verdadero calvario emocional y psicológico, del que sus padres no saben cómo sacarlos.

Si los niños tienen derecho a la educación, aún tienen más derecho a permanecer junto a su familia y recibirla de ella si quieren y pueden. No existe justificación de ningún tipo para que el Estado obligue a los niños a asistir a un lugar al que no quieren ir ni a tener que memorizar contenidos prefijados por terceros ni a someterse a otras disciplinas extrañas a su familia, ni siquiera si es en aras de su educación.

Quisiera compartir este vídeo sobre el homeschooling:

Ojalá en los juicios a homeschoolers, todos los que ven el caso pensasen como la  jueza Eva Cerón (minuto 00:38).

Nadie puede obligar a otro a asistir contra su voluntad a un lugar al que no quiere ir durante 7-8 horas diarias y por un mínimo de 10 años ni a realizar actividades forzadas en él ni a someterse a otras disciplinas extrañas a las de su hogar o familia si no ha cometido ningún delito, ni siquiera en aras del derecho a la educación, ni siquiera (o sobre todo) si es un menor. ¿Qué clase de penitencia para un inocente es ésa?