sábado, 27 de septiembre de 2014

El objeto de la educación


Tippi Degré





Cuando vuelvo a ver las fotos de esta niña, sé que ella ha sentido la verdadera felicidad de vivir. Lo contrasto con la idea socialmente aceptada de que los niños, incluso de un año, necesitan socializarse yendo a un edificio cerrado cada día durante muchas horas para estar con otros niños de su edad y me dan ganas de gritar. Creo que por eso se me escapan las lágrimas cada vez que se cruza Tippi en mi camino: por todo lo que no tenemos, por todo lo que nos roban, por todo lo que les robamos a nuestros hijos.


martes, 17 de septiembre de 2013

Escolarización obligatoria y Derecho a la educación

Cada nuevo curso escolar escucho y leo cómo muchas madres ven sufrir a sus hijos en la vuelta al colegio. Otras les aconsejan que no se preocupen, que se acabarán adaptando, que se acostumbrarán, pero no siempre es así, o no sin consecuencias negativas.  Existen muchas familias que económicamente no pueden hacerlo de otra forma para sobrevivir. Pero otras muchas pueden cuidar y educar a sus hijos y quieren hacerlo, así como el hijo quedarse con su familia y no tener que asistir obligatoriamente al colegio a los 6 años y durante diez años más. Algunos niños sufren un verdadero calvario emocional y psicológico, del que sus padres no saben cómo sacarlos.

Si los niños tienen derecho a la educación, aún tienen más derecho a permanecer junto a su familia y recibirla de ella si quieren y pueden. No existe justificación de ningún tipo para que el Estado obligue a los niños a asistir a un lugar al que no quieren ir ni a tener que memorizar contenidos prefijados por terceros ni a someterse a otras disciplinas extrañas a su familia, ni siquiera si es en aras de su educación.

Quisiera compartir este vídeo sobre el homeschooling:

Ojalá en los juicios a homeschoolers, todos los que ven el caso pensasen como la  jueza Eva Cerón (minuto 00:38).

Nadie puede obligar a otro a asistir contra su voluntad a un lugar al que no quiere ir durante 7-8 horas diarias y por un mínimo de 10 años ni a realizar actividades forzadas en él ni a someterse a otras disciplinas extrañas a las de su hogar o familia si no ha cometido ningún delito, ni siquiera en aras del derecho a la educación, ni siquiera (o sobre todo) si es un menor. ¿Qué clase de penitencia para un inocente es ésa?

domingo, 25 de agosto de 2013

La educación que tenemos roba a los jóvenes la conciencia, el tiempo y la vida

Hace poco leí un artículo tan lúcido sobre educación que no quisiera que se perdiese entre los compartidos a través de un medio u otro de comunicación. Quiero copiarlo aquí para difundirlo mejor, releerlo de vez en cuando y que sea fácil encontrarlo cuando quiera compartirlo. No es la primera vez que leo algo de Claudio Naranjo, siempre me ha gustado, pero esta vez es como si hubiese podido colarse en mi mente y escribir exactamente lo que pienso:


Entrevista a Claudio Naranjo, psiquiatra chileno.

28/02/2011
Cuando uno escucha a este psiquiatra chileno de 75 años da la sensación de estar frente al Jean-Jacques Rousseau de nuestro tiempo.
Cuenta que estaba bastante dormido hasta que en los años 60 se fue a vivir a EE.UU., allí fue discípulo de Fritz Perls, uno de los grandes terapeutas del siglo XX y formó parte del equipo del Instituto Esalen en California. Allí tuvo grandes experiencias en el mundo terapéutico y en el mundo espiritual. Contactó con el sufismo y se convirtió en uno de los introductores de Eneagrama en occidente. También bebió del budismo tibetano y el zen.


Claudio Naranjo ha dedicado su vida a la investigación y a la docencia en Universidades como Hardvard y Berkeley. Ha fundado el programa SAT, una integración de la terapia Gestalt, el Eneagrama y la Meditación para enriquecer la formación de profesores. En este momento está lanzando un aviso muy contundente: o cambiamos la educación o este mundo se va a pique.
-Dices que para cambiar el mundo hay que cambiar la educación ¿cuál es la problemática de la educación y cuál es tu propuesta?
-La problemática en la educación no es de ninguna manera la que a los educadores les parece que es. Creen que los estudiantes ya no quieren lo que se les ofrece. A la gente se le quiere forzar a una educación irrelevante y se defiende con trastornos de la atención, con desmotivación. Yo pienso que la educación no está al servicio de la evolución humana sino de la producción o más bien de la socialización. Esta educación sirve para domesticar a la gente de generación en generación para que sigan siendo unos corderitos manipulables por los medios de comunicación. Esto es socialmente un gran daño. Se quiere usar la educación como una manera de meter en la cabeza de la gente una manera de ver las cosas que le conviene al sistema, a la burocracia. Nuestra mayor necesidad es la de una educación para evolucionar, para que la gente sea lo que podría ser.
La crisis de la educación no es una crisis más entre las muchas crisis que tenemos, sino que la educación está en el centro del problema. El mundo está en una crisis profunda porque no tenemos una educación para la conciencia. Tenemos una educación que en cierto modo le está robando a la gente su conciencia, su tiempo y su vida.
El modelo de desarrollo económico de hoy ha eclipsado el desarrollo de la persona.
-¿Cómo sería una educación para que seamos seres completos?
-La educación enseña a la gente a pasar exámenes, no a pensar por si misma. En un examen no se mide la comprensión, se mide la capacidad de repetir. ¡Es ridículo, se pierde una cantidad tan grande de energía! En lugar de una educación para la información, se necesitaría una educación que se ocupe del aspecto emocional y una educación de la mente profunda. A mi me parece que estamos presos entre una alternativa idiota, que es la educación laica y una educación autoritaria que es la educación religiosa tradicional. Está bien separar Estado e Iglesia pero, por ejemplo en España, han echado por la borda el espíritu como si religión y espíritu fueran la misma cosa. Necesitamos que la educación atienda también a la mente profunda.
-¿Cuándo hablas de espiritualidad y de mente profunda a qué te refieres exactamente?
-Tiene que ver con la conciencia misma. Tiene que ver con aquella parte de la mente de la que depende el sentido de la vida. Se está educando a la gente sin ese sentido. Tampoco es la educación de valores porque la educación de valores es demasiado retórica e intelectual. Los valores deberían ser cultivados a través de un proceso de transformación de la persona y esta transformación está muy lejos de la educación actual.
La educación también tiene que incluir un aspecto terapéutico. Desarrollarse como persona no se puede separar del crecimiento emocional. Los jóvenes están muy dañados afectiva y emocionalmente por el hecho de que el mercado laboral se traga a los padres y ya no tienen disponibilidad para los hijos. Hay mucha carencia amorosa y muchos desequilibrios en los niños. No puede aprender intelectualmente una persona que está dañada emocionalmente.
Lo terapéutico tiene mucho que ver con devolverle a la persona la libertad, la espontaneidad y la capacidad de conocer sus propios deseos. El mundo civilizado es un mundo domesticado y la enseñanza y la crianza son instrumentos de esa domesticación. Tenemos una civilización enferma, los artistas se dieron cuenta hace mucho tiempo y ahora cada vez más los pensadores.
-A la educación parece solo interesarle desarrollar la parte racional de la gente ¿Qué otras cosas podrían desarrollarse?
-Yo pongo énfasis en que somos seres con tres cerebros: tenemos cabeza (cerebro intelectual), corazón (cerebro emocional) y tripas (cerebro visceral o instintivo). La civilización está íntimamente ligada por la toma de poder por el cerebro racional. Con el momento en que los hombres predominaron en el dominio político, unos 6000 años atrás, se instaura esto que llamamos civilización. Y no es solamente el dominio masculino ni el dominio de la razón sino también de la razón instrumental y práctica, que se asocia con la tecnología; es este predominio de la razón instrumental sobre el afecto y sobre la sabiduría instintiva lo que nos tiene tan empobrecidos. La plenitud la puede vivir sólo una persona que tiene sus tres cerebros en orden y coordinados. Desde mi punto de vista necesitamos una educación para seres tri-cerebrados. Una educación que se podría llamar holística o integral. Si vamos a educar a toda la persona, hemos de tener en cuenta que la persona no es solo razón.
Al sistema le conviene que uno no esté tanto en contacto consigo mismo ni que piense por sí mismo. Por mucho que se levante la bandera de la democracia, se le tiene mucho miedo a que la gente tenga voz y tenga conciencia.
La clase política no está dispuesta a apostar por la educación.

-La educación nos sumerge en un mar de conceptos que nos separan de la realidad y nos aprisiona en nuestra propia mente ¿Cómo se puede salir de esa prisión?
-Es una gran pregunta y es una pregunta necesaria en el mundo educacional. La idea de que lo conceptual sea una prisión requiere una cierta experiencia de que la vida es más que eso. Para uno que ya tiene el interés en salir de la prisión de lo intelectual, es muy importante la disciplina de detener la mente, la disciplina del silencio, como se practica en todas las tradiciones espirituales: cristianismo, budismo, yoga, chamanismo… Parar los diálogos internos en todas las tradiciones de desarrollo humano ha sido visto como algo muy importante. La persona necesita alimentarse de otra cosa que conceptos. La educación quiere encerrar a la persona en un lugar donde se la somete a una educación conceptual forzada, como si no hubiera otra cosa en la vida. Es muy importante, por ejemplo, la belleza. La capacidad de reverencia, de asombro, de veneración, de devoción. No tiene que ver necesariamente con una religión o con un sistema de creencias. Es una parte importante de la vida interior que se está perdiendo de la misma manera en que se están perdiendo los espacios bellos de la superficie de la Tierra, a medida que se construye y se urbaniza.
-Precisamente quería preguntarte tu opinión sobre la crisis ecológica que vivimos.
-Es una crisis muy evidente, es la amenaza más tangible de todas. Se puede prever fácilmente que con el calentamiento de la Tierra, con el envenenamiento de los océanos y otros desastres que están pasando, no vamos a poder sobrevivir tantas personas como las que somos ahora.
Estamos viviendo gracias al petróleo y consumimos más recursos de los que la tierra produce. Es una cuenta atrás. Cuando se nos acabe el combustible será un desastre para el mundo tecnológico que tenemos.
La gente a la que llamamos más primitiva como los indígenas tienen una forma de tratar a la naturaleza que no viene del sentido utilitario. En la ecología como en la economía y otras cosas, hemos querido prescindir de la conciencia y funcionar sólo con argumentos racionales y eso nos está llevando al desastre. La crisis ecológica sólo puede pararse con un cambio de corazón, verdadera transformación, que sólo la puede dar un proceso educativo. Por eso no tengo mucha fe ni en las terapias ni en las religiones. Solo una educación holística podría prevenir el deterioro de la mente y del planeta.
-¿Podríamos decir que has encontrado un equilibrio en tu vida a esas alturas?
-Yo diría que cada vez más, aunque no he terminado el viaje. Soy una persona que tiene mucha satisfacción, la satisfacción de estar ayudando al mundo en el que estoy. Vivo feliz, si se puede ser feliz en esa situación trágica en la que estamos todos.
-Desde tu experiencia, tu trayectoria y tu madurez, ¿cómo procesas el hecho de la muerte?
-En todas las tradiciones espirituales se aconseja vivir con la muerte al lado. Hay que hacerse a esa evidencia de que somos mortales y creo que el que toma la muerte en serio no será tan vano. No tienes tanto miedo a cosas pequeñas cuando hay una cosa grande de la cual preocuparte más. Yo creo que la muerte sólo puede superarla uno que en cierto modo muere antes de morir. Uno tiene que morir a la parte mortal, a la parte intrascendente. Los que tienen suficiente tiempo y vocación y que llegan suficientemente lejos en este viaje interior se encuentran tarde o temprano con su verdadero ser. Y ese ser interior o ese ser lo que uno es, es algo que no tiene tiempo y que le da a una persona una cierta paz o un sentido de invulnerabilidad. Estamos muy absortos en nuestra vida cotidiana, en nuestros pensamientos de alegría, tristeza, etc. No estamos en nosotros, no estamos atentos a quien somos. Para eso necesitamos estar muy en sintonía a nuestra experiencia del momento. Esta es la condición humana, estamos viviendo hacia el pasado y el futuro, el aspecto horizontal de nuestra vida. Pero poco atentos a la dimensión vertical de nuestra vida, el aspecto más alto y más profundo, eso es el espíritu y es nuestro ser y la llave para acceder es el aquí y ahora.
A veces vamos en busca del ser y a veces nos confundimos en la búsqueda de otras cosas menos importantes como la gloria.

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Se puede encontrar aquí en su versión original. 

jueves, 7 de marzo de 2013

El tronco marrón y la copa verde


Casi cada día en que acompaño a mi hija a jugar con cuadernos de actividades para niños tengo sentimientos encontrados. A ella le gustan, a mí no mucho porque se parecen a las fichas de preescolar que desmotivan tanto a muchos niños. Le he dado bastantes vueltas al tema de las fichas y he intentado recordar a nivel familiar lo que nos producían los cuadernos Rubio en nuestra infancia, que fueron el precedente de las actuales fichas. Nuestra hija tiene ahora tres años y medio y desde siempre ha sentido una curiosidad desbordante por todo, especialmente por los símbolos y el por qué de las cosas. Así, las letras y los números le han parecido cuestiones interesantísimas. Le gusta contar todo tipo de objetos, hacer sumas de un dígito y simplemente cantar los números  con nosotros. Desde hace mucho reconoce todas las letras y los números, incluso comprende ya cómo se lee y cómo se componen palabras, aunque no sepa leer todas las sílabas o escribir todo lo que quiere. Como eso ha sido así gracias a su único interés y nuestra puesta en sus manos de las respuestas que ha pedido en todo momento, nos parece que la mejor forma de seguir manteniendo intacto su entusiasmo por aprender es continuar en la misma línea.


En nuestras conversaciones familiares sobre este tema, hemos descubierto que los propios cuadernos Rubio nos producían de niños sentimientos ambivalentes. Por un lado eran divertidos, tal vez cuando la novedad y la libertad en su ejecución acompañaban nuestras horas con ellos. Pero por otro lado eran tediosos, en su lado repetitivo, en la necesidad de tanta perfección en la ejecución para niños tan pequeños como requisito para acceder a otro nivel interesante, por las limitaciones formales que ofrecía y por el tempo que estaba indisolublemente unido a su ejecución conjunta con otro montón de niños, cada uno con un ritmo necesariamente diferente.

Conscientes de todo lo anterior, de momento se ha conseguido que a nuestra hija le siga pareciendo apasionante realizar actividades relacionadas con abstracciones en un cuaderno o en unas fichas, gracias a suavizar o eliminar en su ejecución los requerimientos que las hacían tediosas o aborrecibles en nuestra infancia. Es decir, las realiza cuando le apetece, no se le pone límite temporal para realizarlas ni se le corta hasta que no se cansa, se le permite que se salga fuera del límite de los dibujos cuando se sale y no se le exige que realice las formas que copia con perfección.  Se le deja que no ejecute las repeticiones que le parezcan aburridas, sólo hace los ejercicios que le apetece (aunque hasta ahora son casi  todos), se le deja que salte a cuadernos de actividades para más edad si muestra interés (con interesantes sorpresas al permitirlo) y se le deja que ejecute el ejercicio con total libertad previa explicación del enunciado. Pero muchas veces ni siquiera quiere que le expliques qué pone en el enunciado, a veces porque ya ha comprendido el ejercicio al primer vistazo, a veces porque le apetece realizarlo tal como lo ha imaginado con ese primer vistazo y le da igual lo que pida el enunciado; nos dice textualmente que quiere hacerlo como ella quiera, a sabiendas de que no se le pide eso o se le pide lo contrario en el enunciado.





Me doy cuenta de cómo ha influido la escolarización en mí por lo que siento cuando le veo realizar esos ejercicios. Me doy cuenta de que cuando ella dice que quiere pintar el árbol rojo, no es porque no sepa que el tronco de los árboles suele ser marrón y la copa verde, sino porque simplemente le apetece pintarlo de rojo. Sobre todo porque el rojo es su color favorito y lo pintaría todo de rojo: patos, árboles y nubes, como de hecho suele hacer.  Y me doy cuenta de que siento un pellizco imaginando cómo interpretarían otras personas lo que mi hija hace si tuviesen que acompañarla con los cuadernos de actividades. ¿Cuántos acompañantes resistirían a la tentación de decirle que intente no salirse de la línea del dibujo al pintar, cuántos se resistirían a acompañarle el trazo de las letras agarrándole su mano aunque ella no lo pida, cuántos insistirían en que el ejercicio pide que rodee las figuras extrañas, no las semejantes, aunque ella haya dicho que ya lo sabe pero que quiere rodear las semejantes? Muchas veces sé perfectamente que ella sabe lo que hay que hacer porque hace justamente todo lo contrario: cuando se pone en “modo al revés on”, ante una muestra y sus posibles soluciones, empieza primero señalando todas las incorrectas para acabar señalando la correcta; y así hasta que se cansa.




Tiene un juego en el que tiene que poner un osito imantado encima de una de las cuatro respuestas posibles y, si acierta, el osito sube su brazo con la bandera. Pero ella lo pone primero en las tres opciones incorrectas y, por último, en la correcta; en todas las líneas de la tarjeta. Incluso en tarjetas que ya ha hecho otras veces y se sabía de sobra la respuesta.  ¿Cómo podría interpretarse correctamente si no hubiese una mirada entrenada en saber que lo hace a propósito aunque sepa la respuesta correcta y un oído entrenado en escuchar que dice “es que quiero hacer primero todos los No y luego el Sí”? ¿Por qué hace eso? Porque le apetece cambiar, porque le apetece experimentar, experimentar los No a sabiendas antes que el Sí, porque le gusta esa libertad, porque la necesita para un crecimiento sano, porque le gusta explorar todas las posibilidades, porque le encanta preguntarse siempre el “y si…”: ¿y si contesto primero todas las respuestas incorrectas y dejo para el final la correcta?, ¿qué ocurre?, ¿qué siento?

Creo que no tenemos derecho a privar a los niños de la exploración de esas posibilidades, de esa libertad, de ese auto conformado de la personalidad y de su forma particular de pensar, de poder experimentar de todas las formas que se le ocurran. La satisfacción que nuestra hija experimenta sabiendo que cada vez que obtiene un No del osito imantado, en realidad es un Sí porque ocurre lo que ella esperaba, el placer que siente jugando así al cambiar una única respuesta correcta por cuatro respuestas correctas, que se componen de 3 No y 1 Sí, es mucho mayor porque la respuesta correcta ha estado todo el tiempo en su interior y no necesita exteriorizarla para sentir satisfacción o aprobación. Porque en su experimentar no está en modo examen, sino en modo exploración, porque no actúa para satisfacer a alguien que no sea ella misma. Eso conecta por contraposición con la falta de satisfacción propia que se siente cuando la respuesta se da para satisfacer algo o a alguien externo a nosotros, con la contraposición de sentir que nos están examinando y sentir la presión de lo que se espera de nosotros. Dejando esa libertad de que ponga el osito primero en las respuestas incorrectas, se le permite explorarse y explorar el mundo de forma completa, sin nuestros propios corsés. Aunque den tentaciones de decir que se tarda más tiempo así, aunque ante el pellizco de la presión de la mentalidad escolar uno acabe diciendo que se pierde tiempo señalando primero las respuestas incorrectas, aunque haya entendido el propósito de su hija antes de hacer toda esta reflexión. Y luego de habérselo dicho, uno piensa, ¿por qué le he dicho eso?, ¿pero perdiendo tiempo respecto a qué?, ¡si no tiene que fichar en ninguna oficina, ni hay ninguna sirena que le cortará su inspiración o pensamientos para salir corriendo al recreo, ni ha de rendir cuentas a nadie!, ¿es un corsé preventivo porque se teme que  si alguna vez ha de examinarse marque primero las respuestas incorrectas?, ¿o es simplemente que reproducimos la matriz que nos fue inculcada durante toda nuestra infancia?



Creo que hay que tener especial cuidado en no confundir lo que los niños expresan con lo que saben, tener especial cuidado en no tener prisa ni ejercer presión para que aprendan. Por mucho que dejemos que pinten los árboles del color que quieran, nada en este mundo impedirá que un niño aprenda que mayoritariamente los árboles tienen el tronco marrón y la copa verde. No hay nada que temer. Aunque seguramente tendríamos que temer lo contrario, como lo que ocurre en el cuento El niño, de Helen E. Buckley:



Un día un niño pequeño 
fue al colegio.
Era un niño muy pequeño 
Y el colegio era muy grande
 
Pero cuando el niño descubrió
 
Que su clase estaba justo delante de la entrada
 
Se puso contento
 
Y el colegio dejó de parecerle tan grande.
Una mañana 
Después de algún tiempo
 
La maestra dijo:
 
“Hoy vamos a dibujar”
 
“¡Bien!, “pensó el niño
 
Le encantaba dibujar.
 
Sabía hacer todo tipo de dibujos:
 
Leones y tigres,
 
Gallinas y vacas,
 
Trenes y barcos-
 
Y sacó su caja de ceras
 
Y se puso a dibujar
 
Pero la maestra exclamó:” ¡espera!
 
Aún no es hora de empezar”.
 
Y la maestra esperó hasta que todos estuvieron preparados
 
“Ahora”, dijo la maestra
 
“Vamos a dibujas flores”.
 
“¡Bien!”, pensó el niño
 
Le encantaba dibujar flores
 
Y empezó a hacer preciosas flores
 
Con las ceras de color rosa, naranja y azul.
 
Pero la maestra dijo “¡Espera!”
 
Te enseñaré cómo se hace
 
Y dibujó una flor roja, con el tallo verde.
 
“Así”, dijo la maestra.
 
“Ahora ya puedes empezar”.
 
El niño miró la flor que había hecho la maestra
 
Le gustaba más la suya
 
Pero no dijo nada.
 
Le dio la vuelta al papel
 
E hizo una flor como la de la maestra.
 
Era roja, con el tallo verde.
Otro día 
Justo cuando el niño abría la puerta de clase él solo
 
La maestra dijo:
 
“Hoy vamos a trabajar con arcilla”.
 
“¡Bien !”, pensó el niño
 
Le gustaba la arcilla.
 
Sabía hacer todo tipo de cosas con arcilla:
 
Serpientes y muñecos de nieve
 
Elefantes y ratones
 
Coches y camiones.
 
Así que empezó a estirar y pinchar
 
Su bola de arcilla.
 
Pero la maestra dijo: “¡Espera!,
 
¡No es hora de comenzar!
 
Y esperó hasta que todos estuvieron preparados.
 
“Ahora”, dijo la maestra
 
“Vamos a hacer un plato”.
 
“¡Bien !” pensó el niño
 
“Me gustan las platos”.
 
Así que empezó a modelar unos cuantos
 
De todos los tamaños y formas.
 
Pero la maestra dijo:” ¡Espera!”
 
“Te enseñaré cómo es:”
 
Y les enseñó a todos a hacer un plato hondo.
 
“Así”, dijo la maestra.
 
“Ahora ya podéis empezar”
 
El niño pequeño miró el plato de la maestra
 
Y después miró los suyos.
 
Le gustaban más sus platos,
 
Pero no dijo nada.
 
Volvió a amontonar su arcilla para hacer una bola.
 
E hizo un plato hondo.
Y muy pronto 
El niño pequeño aprendió a esperar,
 
Y a observar,
 
Y a hacer las cosas justo igual que la maestra.
 
Y muy pronto dejó de hacer las cosas a su manera.
Luego, sucedió que la familia del niño 
Se mudó a otra ciudad
 
Y el niño tuvo que ir a otra escuela,
 
Y su clase no estaba en frente de la entrada
 
Y tenía que subir unas escaleras altas
 
Y cruzar un largo pasillo
 
Hasta llegar a su clase.
 
Allí estaba él el primer día,
 
Y la maestra dijo:
 
“Hoy vamos a dibujar”
 
“¡Bien!”, pensó el niño
 
Y esperó a que la maestra le dijera
 
Lo que tenía que hacer.
 
Pero la maestra no dijo nada.
 
Sólo caminaba por el aula
 
hasta que llegó hasta donde estaba el niño.
 
“¿Es que no quieres dibujar?”le dijo la maestra
 
“Sí”, dijo el niño.
 
“¿Qué vamos a hacer?”
 
“No lo sabré hasta que no lo hagáis.”
 
“¿Y cómo lo hago?” preguntó el niño
 
“Pues como tú quieras”, contestó la maestra.
 
“¿Cualquier color?” preguntó el niño.
 
“Cualquier color”, contestó la maestra.
 
“Si todo el mundo hiciera el mismo dibujo,
 
Y usara los mismos colores,
 
¿Cómo sabríamos quién hizo qué
 
Y cuál era cuál ?
 
“Pues no lo sé,” dijo el niño pequeño.
 
Y comenzó a dibujar una flor roja,
 
con el tallo verde.