Casi cada día
en que acompaño a mi hija a jugar con cuadernos de actividades para niños tengo
sentimientos encontrados. A ella le gustan, a mí no mucho porque se parecen a
las fichas de preescolar que desmotivan tanto a muchos niños. Le he dado
bastantes vueltas al tema de las fichas y he intentado recordar a nivel
familiar lo que nos producían los cuadernos Rubio en nuestra infancia, que
fueron el precedente de las actuales fichas. Nuestra hija tiene ahora tres años
y medio y desde siempre ha sentido una curiosidad desbordante por todo,
especialmente por los símbolos y el por qué de las cosas. Así, las letras y los
números le han parecido cuestiones interesantísimas. Le gusta contar todo tipo
de objetos, hacer sumas de un dígito y simplemente cantar los números con nosotros. Desde hace mucho reconoce todas
las letras y los números, incluso comprende ya cómo se lee y cómo se componen
palabras, aunque no sepa leer todas las sílabas o escribir todo lo que quiere.
Como eso ha sido así gracias a su único interés y nuestra puesta en sus manos
de las respuestas que ha pedido en todo momento, nos parece que la mejor forma
de seguir manteniendo intacto su entusiasmo por aprender es continuar en la misma
línea.
En nuestras
conversaciones familiares sobre este tema, hemos descubierto que los propios
cuadernos Rubio nos producían de niños sentimientos ambivalentes. Por un lado
eran divertidos, tal vez cuando la novedad y la libertad en su ejecución
acompañaban nuestras horas con ellos. Pero por otro lado eran tediosos, en su
lado repetitivo, en la necesidad de tanta perfección en la ejecución para niños
tan pequeños como requisito para acceder a otro nivel interesante, por las
limitaciones formales que ofrecía y por el tempo que estaba indisolublemente
unido a su ejecución conjunta con otro montón de niños, cada uno con un ritmo
necesariamente diferente.
Conscientes de
todo lo anterior, de momento se ha conseguido que a nuestra hija le siga
pareciendo apasionante realizar actividades relacionadas con abstracciones en
un cuaderno o en unas fichas, gracias a suavizar o eliminar en su ejecución los
requerimientos que las hacían tediosas o aborrecibles en nuestra infancia. Es
decir, las realiza cuando le apetece, no se le pone límite temporal para
realizarlas ni se le corta hasta que no se cansa, se le permite que se salga
fuera del límite de los dibujos cuando se sale y no se le exige que realice las
formas que copia con perfección. Se le
deja que no ejecute las repeticiones que le parezcan aburridas, sólo hace los
ejercicios que le apetece (aunque hasta ahora son casi todos), se le deja que salte a cuadernos de
actividades para más edad si muestra interés (con interesantes sorpresas al
permitirlo) y se le deja que ejecute el ejercicio con total libertad previa
explicación del enunciado. Pero muchas veces ni siquiera quiere que le
expliques qué pone en el enunciado, a veces porque ya ha comprendido el
ejercicio al primer vistazo, a veces porque le apetece realizarlo tal como lo ha
imaginado con ese primer vistazo y le da igual lo que pida el enunciado; nos
dice textualmente que quiere hacerlo como ella quiera, a sabiendas de que no se
le pide eso o se le pide lo contrario en el enunciado.
Me doy
cuenta de cómo ha influido la escolarización en mí por lo que siento cuando le
veo realizar esos ejercicios. Me doy cuenta de que cuando ella dice que quiere
pintar el árbol rojo, no es porque no sepa que el tronco de los árboles suele
ser marrón y la copa verde, sino porque simplemente le apetece pintarlo de rojo.
Sobre todo porque el rojo es su color favorito y lo pintaría todo de rojo:
patos, árboles y nubes, como de hecho suele hacer. Y me doy cuenta de que siento un pellizco imaginando
cómo interpretarían otras personas lo que mi hija hace si tuviesen que
acompañarla con los cuadernos de actividades. ¿Cuántos acompañantes resistirían
a la tentación de decirle que intente no salirse de la línea del dibujo al
pintar, cuántos se resistirían a acompañarle el trazo de las letras agarrándole
su mano aunque ella no lo pida, cuántos insistirían en que el ejercicio pide
que rodee las figuras extrañas, no las semejantes, aunque ella haya dicho que
ya lo sabe pero que quiere rodear las semejantes? Muchas veces sé perfectamente
que ella sabe lo que hay que hacer porque hace justamente todo lo contrario: cuando
se pone en “modo al revés on”, ante una muestra y sus posibles soluciones,
empieza primero señalando todas las incorrectas para acabar señalando la
correcta; y así hasta que se cansa.
Tiene un juego
en el que tiene que poner un osito imantado encima de una de las cuatro
respuestas posibles y, si acierta, el osito sube su brazo con la bandera. Pero
ella lo pone primero en las tres opciones incorrectas y, por último, en la correcta;
en todas las líneas de la tarjeta. Incluso en tarjetas que ya ha hecho otras
veces y se sabía de sobra la respuesta. ¿Cómo
podría interpretarse correctamente si no hubiese una mirada entrenada en saber que
lo hace a propósito aunque sepa la respuesta correcta y un oído entrenado en
escuchar que dice “es que quiero hacer primero todos los No y luego el Sí”? ¿Por
qué hace eso? Porque le apetece cambiar, porque le apetece experimentar,
experimentar los No a sabiendas antes que el Sí, porque le gusta esa libertad,
porque la necesita para un crecimiento sano, porque le gusta explorar todas las
posibilidades, porque le encanta preguntarse siempre el “y si…”: ¿y si contesto
primero todas las respuestas incorrectas y dejo para el final la correcta?, ¿qué
ocurre?, ¿qué siento?
Creo que no tenemos derecho a privar a los niños de la
exploración de esas posibilidades, de esa libertad, de ese auto conformado de
la personalidad y de su forma particular de pensar, de poder experimentar de todas
las formas que se le ocurran. La satisfacción que nuestra hija experimenta
sabiendo que cada vez que obtiene un No del osito imantado, en realidad es un
Sí porque ocurre lo que ella esperaba, el placer que siente jugando así al
cambiar una única respuesta correcta por cuatro respuestas correctas, que se
componen de 3 No y 1 Sí, es mucho mayor porque la respuesta correcta ha estado
todo el tiempo en su interior y no necesita exteriorizarla para sentir
satisfacción o aprobación. Porque en su experimentar no está en modo examen,
sino en modo exploración, porque no actúa para satisfacer a alguien que no sea
ella misma. Eso conecta por contraposición con la falta de satisfacción propia
que se siente cuando la respuesta se da para satisfacer algo o a alguien
externo a nosotros, con la contraposición de sentir que nos están examinando y
sentir la presión de lo que se espera de nosotros. Dejando esa libertad de que
ponga el osito primero en las respuestas incorrectas, se le permite explorarse
y explorar el mundo de forma completa, sin nuestros propios corsés. Aunque den
tentaciones de decir que se tarda más tiempo así, aunque ante el pellizco de la
presión de la mentalidad escolar uno acabe diciendo que se pierde tiempo señalando
primero las respuestas incorrectas, aunque haya entendido el propósito de su
hija antes de hacer toda esta reflexión. Y luego de habérselo dicho, uno
piensa, ¿por qué le he dicho eso?, ¿pero perdiendo tiempo respecto a qué?, ¡si
no tiene que fichar en ninguna oficina, ni hay ninguna sirena que le cortará su
inspiración o pensamientos para salir corriendo al recreo, ni ha de rendir
cuentas a nadie!, ¿es un corsé preventivo porque se teme que si alguna vez ha de examinarse marque primero las respuestas incorrectas?, ¿o
es simplemente que reproducimos la matriz que nos fue inculcada durante toda
nuestra infancia?
Creo que hay que tener especial cuidado en no confundir lo que
los niños expresan con lo que saben, tener especial cuidado en no tener prisa
ni ejercer presión para que aprendan. Por mucho que dejemos que pinten los
árboles del color que quieran, nada en este mundo impedirá que un niño aprenda
que mayoritariamente los árboles tienen el tronco marrón y la copa verde. No
hay nada que temer. Aunque seguramente tendríamos que temer lo contrario, como lo que
ocurre en el cuento El niño, de Helen
E. Buckley:
Un día un niño
pequeño
fue al colegio.
fue al colegio.
Era un niño muy
pequeño
Y el colegio era muy grande
Pero cuando el niño descubrió
Que su clase estaba justo delante de la entrada
Se puso contento
Y el colegio dejó de parecerle tan grande.
Y el colegio era muy grande
Pero cuando el niño descubrió
Que su clase estaba justo delante de la entrada
Se puso contento
Y el colegio dejó de parecerle tan grande.
Una mañana
Después de algún tiempo
La maestra dijo:
“Hoy vamos a dibujar”
“¡Bien!, “pensó el niño
Le encantaba dibujar.
Sabía hacer todo tipo de dibujos:
Leones y tigres,
Gallinas y vacas,
Trenes y barcos-
Y sacó su caja de ceras
Y se puso a dibujar
Pero la maestra exclamó:” ¡espera!
Aún no es hora de empezar”.
Y la maestra esperó hasta que todos estuvieron preparados
“Ahora”, dijo la maestra
“Vamos a dibujas flores”.
“¡Bien!”, pensó el niño
Le encantaba dibujar flores
Y empezó a hacer preciosas flores
Con las ceras de color rosa, naranja y azul.
Pero la maestra dijo “¡Espera!”
Te enseñaré cómo se hace
Y dibujó una flor roja, con el tallo verde.
“Así”, dijo la maestra.
“Ahora ya puedes empezar”.
El niño miró la flor que había hecho la maestra
Le gustaba más la suya
Pero no dijo nada.
Le dio la vuelta al papel
E hizo una flor como la de la maestra.
Era roja, con el tallo verde.
Después de algún tiempo
La maestra dijo:
“Hoy vamos a dibujar”
“¡Bien!, “pensó el niño
Le encantaba dibujar.
Sabía hacer todo tipo de dibujos:
Leones y tigres,
Gallinas y vacas,
Trenes y barcos-
Y sacó su caja de ceras
Y se puso a dibujar
Pero la maestra exclamó:” ¡espera!
Aún no es hora de empezar”.
Y la maestra esperó hasta que todos estuvieron preparados
“Ahora”, dijo la maestra
“Vamos a dibujas flores”.
“¡Bien!”, pensó el niño
Le encantaba dibujar flores
Y empezó a hacer preciosas flores
Con las ceras de color rosa, naranja y azul.
Pero la maestra dijo “¡Espera!”
Te enseñaré cómo se hace
Y dibujó una flor roja, con el tallo verde.
“Así”, dijo la maestra.
“Ahora ya puedes empezar”.
El niño miró la flor que había hecho la maestra
Le gustaba más la suya
Pero no dijo nada.
Le dio la vuelta al papel
E hizo una flor como la de la maestra.
Era roja, con el tallo verde.
Otro día
Justo cuando el niño abría la puerta de clase él solo
La maestra dijo:
“Hoy vamos a trabajar con arcilla”.
“¡Bien !”, pensó el niño
Le gustaba la arcilla.
Sabía hacer todo tipo de cosas con arcilla:
Serpientes y muñecos de nieve
Elefantes y ratones
Coches y camiones.
Así que empezó a estirar y pinchar
Su bola de arcilla.
Pero la maestra dijo: “¡Espera!,
¡No es hora de comenzar!
Y esperó hasta que todos estuvieron preparados.
“Ahora”, dijo la maestra
“Vamos a hacer un plato”.
“¡Bien !” pensó el niño
“Me gustan las platos”.
Así que empezó a modelar unos cuantos
De todos los tamaños y formas.
Pero la maestra dijo:” ¡Espera!”
“Te enseñaré cómo es:”
Y les enseñó a todos a hacer un plato hondo.
“Así”, dijo la maestra.
“Ahora ya podéis empezar”
El niño pequeño miró el plato de la maestra
Y después miró los suyos.
Le gustaban más sus platos,
Pero no dijo nada.
Volvió a amontonar su arcilla para hacer una bola.
E hizo un plato hondo.
Justo cuando el niño abría la puerta de clase él solo
La maestra dijo:
“Hoy vamos a trabajar con arcilla”.
“¡Bien !”, pensó el niño
Le gustaba la arcilla.
Sabía hacer todo tipo de cosas con arcilla:
Serpientes y muñecos de nieve
Elefantes y ratones
Coches y camiones.
Así que empezó a estirar y pinchar
Su bola de arcilla.
Pero la maestra dijo: “¡Espera!,
¡No es hora de comenzar!
Y esperó hasta que todos estuvieron preparados.
“Ahora”, dijo la maestra
“Vamos a hacer un plato”.
“¡Bien !” pensó el niño
“Me gustan las platos”.
Así que empezó a modelar unos cuantos
De todos los tamaños y formas.
Pero la maestra dijo:” ¡Espera!”
“Te enseñaré cómo es:”
Y les enseñó a todos a hacer un plato hondo.
“Así”, dijo la maestra.
“Ahora ya podéis empezar”
El niño pequeño miró el plato de la maestra
Y después miró los suyos.
Le gustaban más sus platos,
Pero no dijo nada.
Volvió a amontonar su arcilla para hacer una bola.
E hizo un plato hondo.
Y muy pronto
El niño pequeño aprendió a esperar,
Y a observar,
Y a hacer las cosas justo igual que la maestra.
Y muy pronto dejó de hacer las cosas a su manera.
El niño pequeño aprendió a esperar,
Y a observar,
Y a hacer las cosas justo igual que la maestra.
Y muy pronto dejó de hacer las cosas a su manera.
Luego, sucedió
que la familia del niño
Se mudó a otra ciudad
Y el niño tuvo que ir a otra escuela,
Y su clase no estaba en frente de la entrada
Y tenía que subir unas escaleras altas
Y cruzar un largo pasillo
Hasta llegar a su clase.
Allí estaba él el primer día,
Y la maestra dijo:
“Hoy vamos a dibujar”
“¡Bien!”, pensó el niño
Y esperó a que la maestra le dijera
Lo que tenía que hacer.
Pero la maestra no dijo nada.
Sólo caminaba por el aula
hasta que llegó hasta donde estaba el niño.
“¿Es que no quieres dibujar?”le dijo la maestra
“Sí”, dijo el niño.
“¿Qué vamos a hacer?”
“No lo sabré hasta que no lo hagáis.”
“¿Y cómo lo hago?” preguntó el niño
“Pues como tú quieras”, contestó la maestra.
“¿Cualquier color?” preguntó el niño.
“Cualquier color”, contestó la maestra.
“Si todo el mundo hiciera el mismo dibujo,
Y usara los mismos colores,
¿Cómo sabríamos quién hizo qué
Y cuál era cuál ?
“Pues no lo sé,” dijo el niño pequeño.
Y comenzó a dibujar una flor roja,
con el tallo verde.
Se mudó a otra ciudad
Y el niño tuvo que ir a otra escuela,
Y su clase no estaba en frente de la entrada
Y tenía que subir unas escaleras altas
Y cruzar un largo pasillo
Hasta llegar a su clase.
Allí estaba él el primer día,
Y la maestra dijo:
“Hoy vamos a dibujar”
“¡Bien!”, pensó el niño
Y esperó a que la maestra le dijera
Lo que tenía que hacer.
Pero la maestra no dijo nada.
Sólo caminaba por el aula
hasta que llegó hasta donde estaba el niño.
“¿Es que no quieres dibujar?”le dijo la maestra
“Sí”, dijo el niño.
“¿Qué vamos a hacer?”
“No lo sabré hasta que no lo hagáis.”
“¿Y cómo lo hago?” preguntó el niño
“Pues como tú quieras”, contestó la maestra.
“¿Cualquier color?” preguntó el niño.
“Cualquier color”, contestó la maestra.
“Si todo el mundo hiciera el mismo dibujo,
Y usara los mismos colores,
¿Cómo sabríamos quién hizo qué
Y cuál era cuál ?
“Pues no lo sé,” dijo el niño pequeño.
Y comenzó a dibujar una flor roja,
con el tallo verde.





